Aquel sábado en la mañana, mi amiga se levantó como siempre, contenta de que Dios hubiera separado un día para que el
hombre descansara de las fatigas de una larga semana. Se arregló para ir al culto y pensó: “Quizás no cante hoy porque no preparé nada”. Y ya iba a salir hacia el templo, cuando de pronto decidió regresar a su cuarto y buscar una música de acompañamiento, “por si acaso”.
En el programa de la noche anterior, el pastor había anunciado que ese día habría un bautismo. Un niño de sólo trece años de edad había decidido ser sumergido en las aguas del bautismo para dar su primer paso hacia la salvación.
A medida que el culto avanzó, mi amiga, quien es una ferviente adoradora, no pudo reprimir sus deseos de alabar a Dios y se levantó a cantar cuando la llamaron. Inmediatamente se escucharon efusivos aplausos que provenían de atrás. Los que se decidieron a mirar vieron al niño que iba a ser bautizado de pie emocionado, glorificando a Dios por la canción.
Al finalizar el culto, la madre del niño vino y muy emocionada explicó: “Ese himno que cantaste, fue una oración contestada” Anoche cuando el niño oraba le oí decir: “Señor, permite que la hermana Judith cante antes de mi bautismo: “¿Qué haría Sin Ti?”
Por eso el Salmista decía: “Tú oyes la oración: A ti vendrá toda carne” (Salmo 65:2)
Enviar por E-Mail este artículo



















¡Envíanos un Email
Me gustó mucho ese escrito, esto me confirma más que estamos guiados por un mismo espíritu, y que Dios contesta nuestras oraciones, algunas veces rápido como en esta ocasión, y otras veces quizá no tan rápido como nosotros quisiéramos, pero no porque no nos oiga, sino porque el sabe qué es lo mejor para cada uno.