Cuando estudiaba Homilética en una universidad cristiana, supe que las anécdotas eran para los sermones como las ventanas son para los hogares, que dejan penetrar el aire fresco o la luz. No hace mucho leí una que deseo compartirla por la gran lección que lleva implícita. Un hombre andaba por el bosque cercano a su vivienda, cuando vio a un pequeño zorro que había perdido una de sus patas. Sin locomoción fácil, todo apuntaba a su muerte por inanición. Pero tremenda sorpresa apreció el caminante desde lejos, cuando observó un tigre que llevaba una presa en su boca. Este ya se había hartado, y dejaba el resto de las carnes para alimentar al miembro de la familia canidae. Al día siguiente, el sustento para el inválido llegó de la misma manera. Razonando sobre este particular el hombre, cristiano de profesión, se dijo así mismo: ¨Voy a poner en práctica lo visto y quedarme en casa confiando plenamente en el Señor, pues él me dará lo que necesito¨  Y lo hizo por días  sin que sucediera nada, y ya muy debilitado en los umbrales del final escuchó una voz que le dijo: ¨Tú que has cambiado de senda ubicándote en el error, abre tus ojos a la verdad de los siglos. Sigue el ejemplo del tigre y deja de imitar al zorro mutilado¨.

El cristianismo es darse a otros sin limitaciones con panes y señales, regalar afectos y voluntad de servicio, es compartir y enfrentarse a la adversidad con osadía, es buscar el medio de ayudar, en vez de ser receptáculo de bienes. Jesús a su paso por la tierra nos dio la lección eterna: ¨Por cuanto lo hiciste a uno de esos pequeñitos, a mí lo hiciste¨. Ubícate en el lugar de los que brindan afecto, de los que ofrecen amor, de los que brindan alimentos, de los que calientan con cobijas o con un manto de amor. Debemos ser los tigres del relato, no lo olvides.

¡Compártelo!